Me encanta la idea de compartir reflexiones y experiencias personales. Eso enriquece mucho este espacio, y abre nuevas "ventanitas" a múltiples nuevos rinconcitos.
A continuación, transcribo un cuento que me hizo llegar un compañero de la Universidad.
"EL NUEVO JOSE" por Oscar Pierantoni (1996)
Instintivamente José piso el embrague, encontró la primera y subió el cordón picado desparejo de su garaje. Ultimamente utilizaba mas que instinto; sus sentidos debian diagnosticar un sin número de ruidos y movimientos imposibles de disimular con adhesivos, alambres y repuestos reparados.
- Pobre, te voy a tener que cambiar - pensó.
Ese mismo auto lo había llevado a Córdoba y pudo con una cuesta empinada que José en sus relatos, variaba en dificultad según quien aprobara la anécdota.
Nunca tuvo nombre pero se lo merecía. Marcaba el compás según la velocidad que giraba el rulemán delantero derecho, para que José y su familia entonaran un repertorio que iba desde la marcha de San Lorenzo hasta el elefante número cien que se meneaba sobre la tela de una araña.
Además de todos los ruidos que le daban alma, tenía algunos detalles como tatuajes o cicatrices que lo hacía identificable entre cien. Rayas sobre la puerta izquierda producidas por el doberman, que con apenas diez grados insistía quien sabe por que, en sacar la cabeza afuera, y un círculo de crayón amarillo con dos ojos aparentes hecho por su hijo Damián, que sobre fondo blanco, o resultaba notorio pero sí permanente.
Bajó del auto y cerró la puerta con el envión justo que sólo él conocía, levó el portón y su esposa apareció como en una transición de video. Mate en mano mojada y con delantal en iguales condiciones, Elsa lo recibió en forma siempre acorde con su cara tratando de mejorar las cosas.
Elevando el cuello, para evitar destrozar el helecho de su derecha, ingresó y se detuvo en las mismas marcas de días anteriores. Apagó el motor y el Chevrolet puso su firma de aceite en la bandeja de lata.
- ¿Cómo te fué mi Negro?
- Bien... - contestó tratando también de mejorar las cosas.
Y las mejoraba, como en un milagro evangelista su cara cambiaba y el efecto resultaba contagioso.
- Lo voy... a tener que cambiar - dijo chasqueando la bombilla entre palabras.
Su hijo salió a saludarlo mostrándole los dieces en el ejercicio número ciento veinte y ciento veintiuno, merecidos por un vendedor de velas sonriente y un Cabildo con perspectiva errónea. Desvió a Cassius que al galope. misilísticamente iniciaba el salto para impactar sus patas delanteras en su ingle. Posó su mano libre sobre el hombro de su esposa y caminó hacia los vapores de un tuco en la cocina. Todo era sencillo, él, su familia, sus cosas, el auto.
No era un mediocre, era feliz y para eso vivía, leía un proverbio y no decía - ¡que bueno!- sino que lo asimilaba. Travieso a la diez, socialista a los dieciocho, moderado a los veinticinco, trabajador apolítico cuando casado. Todos los fines de año después de besar a unos cuantos, pensaba en su balance e inventario personal, y le resultaba siempre levemente positivo. No lo notaba durante el año, pero crecía.
El Chevrolet, condenado a muerte por no ser de plástico, influenciaba en su balance diario. Había sido noble, familiar, compañero, en resumen, igual que él, pero lomentablemente había que modernizarse.
Y un día sonó la bocina diferente. Elsa misma levó el portón y raudamente el nuevo japonés ingresó marcando nuevas huellas. José tomó la bandeja de lata y sonrió casi fuera de los límites de su cara.
- Esto nunca más... - dijo sin chasquear alguna bombilla.
No hubo tiempo para el mate, pues había tantos botones por apretar, tantas luces por mirar, tantos manuales a colores por traducir. Damián se deslumbró despojado de crayones y subió a mirar el número mayor del velocímetro, mientras Cassius, collar de ahorque mediante, sólo pudo verlo desde lejos.
Era realmente excitante, se lo notaba eficaz, veloz, personal, moderno y reflejo fiel del mundo actual. Lo sacaron a rodar, saludaron a unos cuantos poseedores de sonrisa forzada y retornaron con Damián bien sentado atrás bajo amenaza.
- Mirá Negra... - apretó un botón y bajó la ventanilla.
- Mirá, pero fijate... - apretó otro botón y el sol apareció en sus cabezas.
- Y esto, que te parece? - otro botón más y se nubló la visión con agua jabonosa.
Elsa ajustada a lo moderno por el cinturón de seguridad, sólo notó que era lindo com su lavarropa automático. Estaria feliz si no fuera por la vergüenza que le producía la mirada aguda de sus vecinos.
Y es entonces que José cambió el traje, cambió los lentes, cambió el maletín, cambió de marca, cambió el sabor del mate y todo para acompañar el alma insonorizada del flamante japonés. Manejarlo era realmente sencillo, mejor dicho fácil, como la secretaria del subgerente que deslumbrada acompañó un día el ritmo veloz del nuevo José.
Fue un error irreparable el no limpiar los ceniceros cargados de colillas pintadas con rouge y el no poder disimular la culpa en su cara. Elsa siguió con él pero no lo perdonó, imitando la firme actitud de la primera actriz en su telenovela preferida. Ella ni su hijo subieron otra vez al japonés.
José apagó al periodista en el radioreloj, desayunó té solo... solo, tomó su auto y viajó al trabajo. Suerte que Doña Elvira aún tenía reflejos y apuró el paso para esquivar al nuevo José de ojos nublados. Una luz roja con una "efe" se encendió en el tablero y José bruscamente detuvo la marcha.
- ¡Efe!... ¡que mierda te falta ahora! - gritó con mal aliento.
Bajó de su auto, cerró la puerta con envión para Chevrolet, y el moderno de faroles rasgados lo vió alejarse.
José ya no lo podría permutar por un modelo más viejo, como nadie cambia una pierna ortopédica por una muleta, aunque el Chevrolet quizás, traía felicidad como un opcional de fábrica.
Gracias Oscar por tu aporte.
Ah! Y qué buena está la tecnología del "copy&paste"; que me ahorró tener que escribir estas líneas a mano!
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